El vuelo

Al reservar previamente los asientos situados junto a las puertas de emergencia, tuvimos un cómodo vuelo de 9 horas y 20 minutos de duración; un poco más largo de lo normal porque fuimos cruzando el espacio aéreo canadiense (completamente nevado desde la ventanilla del avión) para aproximarnos a Chicago. Durante ese tiempo te dan un periódico para leer, un almuerzo, una merienda y las bebidas o licor que desees. Se proyectan dos películas y te da tiempo a leer, jugar un poco con la Nintendo, dormir, dar un par de paseos de punta a punta del avión y, por último, rellenar el obligatorio formulario de aduanas que te pedirán los agentes de Chicago al llegar.

El indicador de abrocharse cinturones ya llevaba un buen rato encendido cuando el avión comienza a botar ligeramente. “Las turbulencias de siempre, piensas” y así de tranquilo te quedarías de no ser por ver que la azafata más cercana a nosotros ocupa rápidamente su asiento, situado enfrente nuestro, y se abrocha su cinturón de seguridad. Entonces el avión comienza a botar un poco más violentamente.
-Señores y señoras pasajeros -dice por los altavoces el comandante Pascual, con un acento ligeramente de Vallecas -. Nos encontramos atravesando una zona de turbulencias de aire claro consistentes en rachas de viento no asociadas a tormentas, de 280 Km/h, que se encuentran situadas por encima de nosotros, y el movimiento que están ustedes notando son los flecos de dichas turbulencias. Son incómodas pero no afectan para nada a la seguridad del pasaje.
“280 Km/h, pienso, !eso no son turbulencias! !eso es un huracán!”
Un pasajero, con aires de extranjero, con la nariz ligeramente colorada, se dirige sonriente a la puerta del baño.
-!Pero que hace usted levantado! -le dice nuestra azafata -. !Que ya le he dicho dos veces que se siente!
El pasajero sonríe a la advertencia de la azafata y, haciendo caso omiso a sus palabras, se introduce en el baño. La azafata no hace intención ninguna de desabrocharse su cinturón de seguridad para seguirle.
-Es que el aire claro no avisa -dice dirigiéndose a mí, no sé si para justificarse -. De repente puedes empezar a botar hasta el techo de la cabina.

Pero el comandante Pascual es un crack de la aviación y pasa las turbulencias sin problemas. Posteriormente (menos mal), me enteré que las turbulencias de aire claro o TAC son consideradas “la bestia negra de la aviación”; unas turbulencias muy chungas y peligrosas. “Las Aeronaves pueden sufrir daños estructurales como consecuencia de encontrarse con turbulencia de aire claro grave. En casos extremos esto puede conducir a la desintegración de la aeronave…”

Además, el comandante Pascual realizó un despegue y aterrizaje perfectos; completamente suaves y sin que percibiéramos problema alguno.

!!Ya estamos en Chicago!!